NYT: Sobre la concepción adulta y adolescente del “bullying”

Las investigadoras Danah Boyd y Alice Marwick publicaron la semana pasada un artículo en el New York Times al respecto de la auto-consciencia del adolescente al respecto del bullying. Sus reflexiones podrían quizá ayudar también a las reflexiones sobre la autopercepción en la “brecha digital”.

A continuación, una traducción del artículo. La versión original en inglés está disponible en este link.

El Bullying como un Drama Real – Por DANAH BOYD and ALICE MARWICK

El suicidio de Jamey Rodemeyer, un chico de 14 años del oeste de Nueva York quien se mató el domingo pasado después de ser atormentado por sus compañeros por ser gay es impactante. Su historia es un caso clásico de bullying: fue victimizado repetida y agresivamente. Episodios horribles como este han encendido más conversaciones sobre el ciberbullying y han creado una enorme presión para que legisladores y educadores hagan algo al respecto, lo que sea, para que se detenga. Sin embargo, en la premura por llegar a una solución, los adultos fallan en reconocer cómo sus conversaciones sobre el bullying algunas veces no están bien alineadas con las narrativas juveniles. Los adultos necesitan comenzar a prestar atención al lenguaje de los jóvenes si quieren que las intervenciones anti-bullying tengan éxito.

Jamey reconoció que estaba siendo maltratado y pidió explícitamente ayuda, pero éste no es siempre el caso. Muchos adolescentes que son maltratados no pueden pagar el precio emocional de identificarse como víctimas, y los jóvenes que maltratan a otros raramente se ven a si mismos como los perpetradores del maltratado. Para un adolescente, reconocerse dentro del lenguaje adulto del maltrato trae una serie de costos sociales y psicológicos. Requiere que se reconozcan a sí mismos como indefensos o abusivos.

En nuestras investigaciones durante varios años, hemos entrevistado y observado adolescentes a todo lo largo de Estados Unidos. Dado el interés público en el tema del ciberbullying, le hemos preguntado a los jóvenes sobre eso: las respuestas que hemos recibido rechazaban del todo la idea. Los adolescentes nos han dicho repetidamente que el bullying era algo que sólo pasaba en la escuela primaria o de educación media. “En esta escuela no hay bullying”, era la afirmación regular.

Esto no hizo mella en nuestras observaciones, así que luchábamos por entender dónde estaba la desconexión. Al mismo tiempo que esos adolescentes hablaban y denunciaban la existencia de bullying, ellos mismos – especialmente las chicas – lo describían como un tipo de conflictos interpersonales en su vida que eran un poco de teatro (drama en la versión original en inglés).

Al principio, creíamos que “teatro” era simplemente un término paraguas que se refería a varios tipos de bullying: burlarse, pequeñas discusiones entre amigos, rupturas y reinicios de relaciones y chismes. Pensábamos que los adolescentes veían el bullying justamente como una forma de teatro. Pero entonces nos dimos cuenta que estas dos eran muy distintas. Ese “drama” no significaba una pieza de teatro que nosotros pudiésemos ver, sino más bien un mecanismo de protección para ellos mismos.

Los adolescentes dicen “teatro” cuando quieren disminuir la importancia de algo. Repetidamente, los adolescentes se referían a algo como “un dramita estúpido”, “algo de niñas”, o “es tan de instituto”. Aprendimos que el teatro puede ser divertido y entretenido; puede ser muy serio o totalmente ridículo, puede ser una manera de atraer la atención o de sentirse validado. Pero sobre todo aprendimos que los jóvenes usaban el término drama  porque les da una sensación de poder.

Al minimizar un conflicto que realmente hiere sus sentimientos llamándolo “drama” los adolescentes se permiten demostrar que en realidad no les importan esas cuestiones tan pequeñas. Pueden guardar la compostura y sentirse superior a aquellos que los atormentan al despreciarlos diciendo que son personas desesperadas por atraer la atención. O, si son los instigadores, les permite sentir que están participando en algo inocuo o incluso simpático, en lugar de tener que admitir que han dañado los sentimientos de alguien. El “teatro” les permite distanciarse de las situaciones más dolorosas.

Los adultos que quieren ayudar a los adolescentes reconocen que hay un daño que se está llevando a cabo, lo que tendría como consecuencia aceptarse como una víctima. Pero esto también puede tener consecuencias muy serias. El reconocerse a sí mismo como víctima – o perpetrador – requiere un apoyo emocional, psicológico y social muy grande, una infraestructura que no está a disposición de muchos adolescentes. Y cuando los adolescentes como Jamey sí deciden pedir ayuda, muchas veces son decepcionados. No es solamente que muchos adultos tengan poca preparación para ayudar a los adolescentes a pasar por el trabajo psicológico que necesitan, sino que la posición social de los adolescentes con frecuencia requiere que continúen enfrentando la misma situación social día tras día.

Como Jamey, hay jóvenes que se identifican a sí mismos como víctimas de bullying. Pero muchos jóvenes que toman parte de prácticas a las que los adultos llaman bullying no los llaman así. Los adolescentes quieren verse a sí mismos en control de sus propias vidas: su reputación es importante. Admitir que están siendo maltratados, o peor, que son maltratadores, los instala en una narrativa que les quita poder, los hace sentir débiles y aniñados.

Los esfuerzos anti-bullying no serán efectivos si hacen sentir a los adolescentes victimizados sin darles el apoyo para pasar de una posición de víctima a una de empoderamiento. Cuando los adolescentes reconocen que están siendo maltratados, los adultos necesitan proveer programas similares a los que se dan a las víctimas de abuso o maltrato adulto y deben reconocer que la recuperación emocional será un proceso largo y difícil.

Pero si el objetivo en intervenir al momento de la victimización, el foco del trabajo debería ser trabajar dentro del marco cultural de los adolescentes, alentar la empatía y ayudar a la gente joven a entender cuándo y dónde el “teatro” tiene consecuencias serias. Las intervenciones deben enfocarse en los conceptos positivos, como las relaciones sanas o la ciudadanía digital más allá que comenzar a enmarcarlo en los conceptos negativos como el bullying. La clave es ayudar a los jóvenes a sentirse fuertes, seguros y capaces de manera independiente, sin requerirles primero que se vean a si mismos como personas oprimidas u opresores.

Danah Boyd es investigadora senior en Microsoft Research y profesora investigadora asistente en la Univerdad de Nueva York (NYU). Alice Marwick es investigadora post-doctoral en Microsoft Research y adjunta de investigación en Harvard. Artículo publicado el 22 de septiembre de 2011 en el New York Times. Traducción de Ana Cinthya Uribe.
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Acerca de austica

Web del proyecto I D - El uso de las TIC y la brecha digital entre adultos y adolescentes: encuentros y (des) encuentros en la escuela y en el hogar. Con el Apoyo del Ministerio de Ciencia e Innovación.
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